LA ESPADA DE MADERA

NOCAUT La Tribuna de Toledo. 5 de junio de 2018.

 

Una pelea para el recuerdo la que enfrentó a dos grandes del pugilismo nacional el pasado jueves. En la esquina de la derecha, el campeón que defendía el apretado cinturón de los pesados, Mariano el Correoso, una leyenda escrita a base de resistencia granítica y rápidas esquivas. La báscula mostraba que no llegaba en su mejor estado de forma y que los excesos de los últimos años estaban empezando a hacer mella en él, pero partía como favorito. En la esquina de la más o menos izquierda, el aspirante, Pedro el Resucitado, con mandíbula apolínea y estómago de cuero curtido en el aguante de golpes bajos como principales virtudes.

Aunque todo hacía pensar en un combate igualado y en una reñida decisión por parte de los jueces, las dudas sobre el aspirante impregnaban el aire como un ambientador de pachuli. Saltó el campeón confiado en su ágil juego de piernas de estilista, abriendo burlonamente la guardia gallega ante un rival al que creía tener cogida la distancia, pero la sorpresa saltó en el quinto asalto cuando el aspirante se sacó de la cintura un uppercut nacido en las Vascongadas que estampó una esquela en el mentón adelantado de Mariano. Más de media entrada aullaba extasiada y silenciaba con sus decibelios a la otra media, incrédula y pasmada. El aspirante se giró hacia el rincón contrario, a la espera de que la toalla volase para taponar la sangría en que se había convertido la cara del campeón. Entonces sonó la campana, Mariano sacó toda su casta, se incorporó sobre unas piernas de mantequilla batida y, ante el estupor del respetable, hizo mutis por el foro dejando tras de sí el aroma acre del suspense. Impotente por el giro del combate, la coach sólo pudo sentar un bolso en el taburete vacío del corner para distraer la atención de los periodistas congregados en el Deputy Congress Arena, mientras la second rechazaba la idea de usar la toalla salvadora.

Sólo hubo que lamentar el salto al ring de un espontáneo envuelto en la bandera española, que intentó meter el dedo en el ojo del nuevo campeón y que fue neutralizado por un grupo de aficionados vascos, catalanes y morados que escudaron al púgil. Qué lejos queda aquella dolorosa derrota a manos de los sparrings de su gimnasio de toda la vida. Pedro el Resucitado, Pedro el Bello, Pedro el Breve, Pedro el del Peugeot ha conseguido lo inaudito.

 
 
ASALTO A LOS CIELOS
La Tribuna de Toledo. 29 de mayo de 2018.

 

Se conocieron en torno a una mesa llena de botellines vacíos. Ella tenía una cara bonita, unos dientes perfectos y un punto de mala leche que le hacía sobresalir en los debates. Él carecía de los dos primeros atributos, pero presumía de cabellera andrógina y compartía el sueño del asalto a los cielos. Eso fue todo durante algún tiempo. Tal vez una mirada furtiva, un sobresalto cuando cantaban con los puños en alto o se rozaban las manos por accidente. Él había logrado subir casi todos los peldaños de la política metido en unos pantalones y una camisa de supermercado, y atisbar la puerta del paraíso entreabierta. Ella lo vio ascender y se sintió encandilada por su magnetismo, por ese aire de Ché Guevara desgarbado y vallecano. Y se hizo realidad el dicho rancio de que el hombre es fuego y la mujer estopa, y en el Congreso había legiones de demonios para soplar, y un día amanecieron juntos en los tronos de la primera bancada tras ganar el juego y laminar a aquellos molestos colegas que en su día habían ocupado con cervezas y aceitunas todos los espacios de su diversión.

Entonces descubrieron que ella tenía dos embriones prendidos en el vientre que habían liberado una mágica sustancia que llamaron responsabilidad. Se miraron y cada uno vio en los ojos del otro la llegada de la madurez y el fin del sexo furtivo en el coche, de las madrugadas en el bar, de las fiestas de cumpleaños en locales penumbrosos y llenos de colillas. La pareja tuvo la revelación de lo que de verdad quiere la gente, como si hubiese sido visitada por el fantasma de las navidades futuras, y dejó de parecerle razonable la crianza en un puñado de metros cuadrados de barriada obrera, y como sampedros ateos del siglo XXI negaron tres veces: una, que estuviera mal que alguien se comprase una vivienda cara; dos, que fuera legítimo airear la vida personal de los responsables políticos; tres, que la derrota del capitalismo fuera posible.

No sé cómo sigue la historia pero la puedo imaginar: el genio templado, la melena rala, la compota de manzana de sus frutales en la tostada del desayuno, el todoterreno ronroneando en el garaje, la chica ecuatoriana planchando los uniformes del colegio de los gemelos, mientras el sol brilla sobre los picos de la sierra madrileña y embellece el cielo, ahora sí, asaltado.


 

LA URRACA
La Tribuna de Toledo. 22 de mayo de 2018.

 

Detrás de mi mesa de trabajo hay un patio con hierba y tres árboles. El ciruelo japonés es el más grande de todos. Su hermosa copa se pela en invierno y, en primavera, tiene un brote fugaz de flores rosadas y se puebla de hojas granates. En los años que llevo dándole la espalda, el árbol ha servido de dormitorio a una colonia de gorriones, y por el suelo siempre han correteado mirlos que se alimentaban de lombrices, como italianos devorando espaguetis. Unos minutos antes del amanecer, los pájaros montaban un guirigay tremendo que traspasaba los ventanales y que no terminaba hasta que la luz era plena.

Este año la primavera ideal, la de las brisas cálidas, está tardando en llegar. Las lluvias han llenado los solares de hierbas y flores salvajes. Después de la crisis de pajarillos de los últimos años, a mí me parece que los gorriones – esos bucaneros que asaltan las mesas de las terrazas de los bares y que, si te descuidas, se beben tu cerveza–  son mucho más numerosos. También es fácil ver parejas de jilgueros entre las malvas y las espigas, o lagartijas tomando el sol. Por el contrario, el ciruelo está mudo. El primer día que me di cuenta del silencio, abrí la ventana y di unas palmadas para despertar a los dormilones pero no se movió un ala. El árbol estaba desierto. Tampoco había rastro de los mirlos ni de las lagartijas.

Al día siguiente encontré la explicación. En el medio del patio, señoreando la parcela, había una urraca. La cabeza grande, el pico duro, la cola fina y recta como regla de maestro, el cuerpo blanco y negro y poderoso. Brincaba arriba y abajo con sus dos patas juntas y, de cuando en cuando, hundía el pico en la tierra y arrancaba un gusano del suelo. Reinaba en una tierra fértil, con sombra, comida y refugio, a costa de haberse quedado sola en el lugar. Dicen que las urracas son codiciosas. ¿Qué podría hacer yo para que los gorriones, mirlos y lagartijas volvieran? Tengo varias opciones. Una, ignorarla hasta que se aburra o lleguen los fríos. Dos, encerrarla en una jaula. Tres, hostigarla para que se vaya. Cuatro, introducir un gato en el jardín para que se ocupe de ella. A poco que usted conozca cómo es una urraca sabrá que ninguna de esas soluciones es buena. ¡Qué difícil es la toma de decisiones ornitológicas!


 

LIFE CIRCLE
La Tribuna de Toledo. 15 de mayo de 2018.

 

A veces pasan cosas. Un ascenso en el trabajo, los ojos bonitos de una mujer, un amigo que te llama para jugar al golf el sábado, una cerveza fría en una terraza. Incluso cosas malas. Pero lo importante es que pasan y que puestas en fila dan sentido a la vida. Planeamos, fantaseamos y sobre todo esperamos a que las cosas ocurran, creemos en el futuro, vivimos con la vista puesta en él. Al australiano David Goodall le pasaron muchas cosas. Cosas que a la mayoría nos dan mucha envidia.

Nuestro hombre tuvo una brillante y reconocida carrera científica como ecólogo, y un raro organismo que le posibilitó jugar al tenis hasta los noventa años. Ya centenario, seguía trabajando de forma altruista en la universidad. Luego le llegaron las cosas malas de golpe. Un accidente doméstico le mantuvo durante dos días en el suelo de su casa hasta que alguien lo encontró; la universidad le prohibió seguir trabajando porque consideraba que los desplazamientos diarios ponían en peligro su vida; empezó a tener achaques más serios… Pero yo creo que lo peor no fue eso sino que las cosas dejaran de pasar. Seguro que enterró a todos sus amigos del trabajo, del tenis y de cervezas y, pasados los cien, empezó a preocuparse. Alguien se había olvidado de recordar a sus células que tenían que haberse oxidado tiempo atrás. Demasiado solo y viejo para todo pero demasiado sano para morir.

Digan lo que digan, el ser humano no está preparado para la inmortalidad. Especialmente si eres un tipo culto y tu cabeza se encuentra en tan buen estado que no para de incordiar. El pasado mes de abril, durante su cumpleaños, dijo: “No soy feliz. Quiero morir. No es algo particularmente triste”. Como en Australia está prohibida la eutanasia, buscó un país más acorde con su forma de pensar. En mayo hizo las maletas y se marchó hasta Suiza para poner remedio a ese tiempo eterno en el que no pasaba nada. Llamó a las puertas de Life Circle, se recostó en un espacio cómodo, extendió su brazo para que le pusieran una vía y, acompañado por un par de médicos, sus nietos y la Novena Sinfonía de Beethoven, giró la rueda que le metió en la sangre una sobredosis de barbitúricos. 104 años de existencia y sus últimas palabras fueron: “¡Esto está tardando muchísimo tiempo!”


 

ÍÑIGO
La Tribuna de Toledo. 8 de mayo de 2018.

 

La noche del sábado 6 de septiembre de 1975 mi familia al completo tenía las carnes pegadas al sofá de escay y los ojos clavados en el televisor. Casi todos sosteniamos un tenedor entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, no para cenar sino para frotarlo con delicadeza y constancia, siguiendo las instrucciones de un joven israelí con un matorral de pelo, camisa ajustada y ojos penetrantes. En realidad, como Uri Geller hablaba en inglés, hacíamos lo que nos contaba José María Íñigo, que era el presentador de Directísimo. Mi hermana, en lugar de tenedor, había elegido un viejo y minúsculo reloj de pulsera que había dejado de funcionar tiempo atrás. Al día siguiente sólo se hablaba de la cantidad de ferretería retorcida en miles de hogares españoles. Nuestros cubiertos no se movieron un milímetro, pero el corazón del reloj de mi hermana dio algunos estertores agónicos antes de volver a pararse para siempre.

Cuando alguien conocido muere siempre hay un rescoldo de recuerdo que se aviva en tu cabeza. El mío es ese, pero cincuenta años de carrera mediática dan para mucho. Dependiendo del periodista que escriba la noticia, Íñigo fue aquel joven bilbaíno que, con desparpajo y sin complejos, trajo la música extranjera de los setenta a una España anclada en la copla; o el que sentaba a su lado a boxeadores o estrellas internacionales de cine para entrevistarles mirándoles a los ojos. Para éstos, era un hombre delgado, de voz envolvente, pegado a un mostacho y a unas pobladas patillas, con la cabeza protegida por un peluquín. Para los más jóvenes, era el último narrador del festival de Eurovisión; o el colaborador de radio que hablaba de viajes, gastronomía y combatía la invasión de los anglicismos en nuestra lengua. En este caso, era un hombre grueso, de voz envolvente, pegado a un mostacho cano que destacaba en su cara rasurada, con la cabeza pelada como un buda.

Se nos ha ido otro miembro ilustre de “No es un día cualquiera”, siguiendo las huellas frescas de Forges y dejándonos a Pepa Fernández como doble viuda de las ondas en un programa que cada vez tiene más vacíos y ecos, y en el que los veteranos empiezan a tantearse el cuerpo con el temor de convertirse en el próximo fantasma del buen periodismo.

Escribo esto en mi cabeza durante el desayuno, mientras acaricio con los dedos la cucharilla de café.


 

EL CUENTO DE ZHIBIN
La Tribuna de Toledo. 1 de mayo de 2018.

 

Con el día despejado y en mangas de camisa llegué al nido de águilas de la Fundación Toledo. Había café, pastitas y un revoloteo alegre de los miembros del jurado de un premio literario organizado por otra fundación que se llama Horizonte XXII y es de Globalcaja. Novecientos y pico niños de sexto de primaria de la provincia de Toledo habían participado con sus escritos, fantasías y ocurrencias bajo el lema “Sueña tu horizonte”. Había de todo: muchachos resignados a una vida austera como empleados de hamburguesería; millonarios en potencia que huirían de sus pueblos por la senda abierta por Cristiano Ronaldo; maduras precoces que enfocarían sus esfuerzos a ser abogadas, policías, médicos, fisioterapeutas o veterinarias; espejos nítidos que reflejaban situaciones familiares complejas; amantes del diccionario y coleccionistas de palabras raras; niños que ya sabían el nombre de su segunda esposa y de sus tres hijos; historias como puentes para salvar la brecha de género; desigualdades palpables entre el pueblo y la ciudad; y buenas dosis de amor incondicional hacia los padres, abuelos, amigos y mascotas. También muchas faltas de ortografía, errores gramaticales y erratas que, en lo que a mí respecta, no tienen la menor importancia a los once o doce años.

Esperaba fantasías desbordantes e inocencia y encontré mucha reflexión, mucho pensamiento de señor mayor, muchas ganas de abrirse paso en una sociedad competitiva, y varios guiños a esas tecnologías que ya no son tan nuevas o a los ídolos del momento. Llegué a pensar que la imagen que yo tenía en la cabeza de lo que es un niño estaba completamente desfasada. Entonces leí el cuento de Zhibin. Una, cinco, trece, veinte veces; y me encontré cara a cara con un chaval capaz de crear una máquina del tiempo con ciento cincuenta y tres palabras, una extraña elección de minerales y los materiales que tiene sobre su mesa de escolar. A la lectura veintiuno comprendí que aquel muchacho me había pasado por encima con el rodillo de su imaginación innata, su claridad de pensamiento y su sencillez de expresión.

No se preocupe, pronto tendrá la ocasión de disfrutarlo junto a otros nueve relatos ganadores en la publicación ilustrada que está preparando Horizonte XXII. Hasta ese momento, tengo el privilegio de guardar una copia como el que custodia el meteorito que ha agujereado por capricho el tejado de su casa.


 

CERÁMICA INMATERIAL
La Tribuna de Toledo. 24 de abril de 2018.

 

En El Puente del Arzobispo los niños no se portan mal sino que dan mucha calda. De críos recogíamos nuestras canicas de barro y volvíamos a casa para cenar cuando el aire se llenaba del humazo y el olor a retama quemada en los hornos árabes. Los pastores se hacían silbatos para llamar a las ovejas con pedazos de cerámica vidriada que se pegaban al paladar. Los pescadores sacaban más atifles y cascotes que anguilas o carpas de las aguas del Tajo. Mi padre fue tejero y operario de hornos. Mi madre aprendió a pintar con los pintores talaveranos de Ruiz de Luna. Mi hermano es un magnífico ceramista. Mis hermanas han pasado parte de su vida decorando cacharros. Mi cuñado pinta cuadros de azulejos. Mi primo tiene un récord Guiness de alfarería. En cuanto a mí, incapaz de dibujar una perdiz o dar forma a un cenicero, sólo he servido para estudiar lo que fabricaban otros.

He escuchado mil veces la retranca del tesoro fantasma que se nos aparece a los arqueólogos en cada excavación. Durante años no hubo rastro del ectoplasma. Entonces viajé al estado mexicano de Tlaxcala que linda con el de Puebla y comparte artesanía con él. Y tuve la fortuna de que mis anfitriones me llevaran a un taller de cerámica, que allí se llama talavera. Y en un descuido aproveché para hablar con un pintor que estaba enfrascado dándole azul a un plato. Y él me hablaba de sancochados, estarcidos y jagüetes; y yo le hablaba de alarías, tornetas y cobalto; y en un momento dado ambos sonreímos por el entendimiento y por descubrir que compartíamos el secreto transmitido de padres a hijos en Talavera, Puente, Tlaxcala y Puebla de que los mejores pinceles se fabrican con los pelos de la barba del chivo. De ese modo hallé el tesoro a nueve mil kilómetros de casa. Encontré la civilización perdida de las películas: los herederos de aquellos talaveranos que cruzaron un océano en el siglo XVI para fundir su artesanía y su lengua con una población extraña, y amalgamar dos culturas que hoy en día siguen muy próximas pese a estar tan lejanas.

No ha sido fácil meter todo esto en un paquete para la UNESCO pero creo que cuando los expertos lo desenvuelvan nuestros barros, colores, recuerdos y vocablos se les meterán bajo la piel y les revelarán que somos parte del patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad.

MÁSTER
La Tribuna de Toledo. 17 de abril de 2018.

 Una vez hice un máster. En mi descargo diré que estaba pasando por un mal momento, que tenía las defensas bajas y que la autoestima se había ido a dar una vuelta. Alguien me lo ofreció - de noche, en una esquina - y no supe decir no. ¡Tenía un nombre tan bonito! “Mediación y gestión del patrimonio cultural en Europa”. ¿Se puede superar? Y me sedujeron con que podría hacer prácticas en el extranjero.
 

Dos años de lecciones en la plataforma virtual de la UNED, un puñado de clases presenciales en fin de semana, un montón de trabajos y un buen fajo de billetes más tarde conseguí el diploma. Por supuesto, continué sin saber qué diablos era eso de la mediación, no se me abrieron las puertas del conocimiento en lo tocante a la gestión, los días en el extranjero nunca llegaron a materializarse y ni siquiera el papel del título era chulo. Eso sí, pagué a precio de oro una línea molona en el currículum. También me sirvió para comprobar que a partir de los treinta no tiene sentido buscar sabiduría en las instituciones académicas patrias, que más vale destinar los ahorros a ver algo de mundo o a comprarte una moto. Así las cosas, llevo años abominando de los cursos de postgrado, másteres y doctorados, y haciendo proselitismo de mi causa. Pensará usted que soy un incongruente porque sigo sacando a relucir el máster inútil cada vez que tengo que alardear de méritos. En efecto, lo soy; pero también podría tomarse como una exposición pública de mi error, un lamento por el tiempo perdido y el dinero dilapidado, un anuncio luminoso que grita: ¡Atención, pardillo!

La vida nunca deja de sorprenderte. Tanto tiempo creyendo que un máster es un sacaperras, una forma de subsidiar al profesorado, un sacrificio al dios de la titulitis, un papel que está mojado desde el momento en el que se firma, un producto desfasado a los pocos años de su emisión, un manchurrón de grasa en el inmaculado lienzo de la inocencia, un tocomocho barnizado levemente de prestigio universitario; y resulta que no, que al menos existe un máster que ha tenido una utilidad y ha servido para poner en la picota a una presidente autonómica. Aunque, bien mirado, ese supuesto provecho no ha venido por el contenido del curso sino por el hecho de no haber sido cursado.


 

RUGBY
La Tribuna de Toledo. 10 de abril de 2018.

 Ni mi mente había entendido nunca el rugby, ni mi cuerpo me había recomendado practicarlo. Visto desde la ignorancia, es un juego de mastodontes que transportan un huevo gigante hasta cruzar una línea de fondo. El objetivo de los atacantes es empujar hacia un lado y el de los defensores empujar hacia el otro. Con esos rudimentos me planté el día de San Patricio en el pub O´Briens, una suerte de ONU toledana que preside un irlandés calvo y barbudo. En la televisión iban a poner el partido entre las selecciones de Irlanda e Inglaterra, dentro del Torneo Seis Naciones, que al parecer es lo mejor que se puede ver en el hemisferio norte. Como guías contaba con la experiencia de Óscar, que fue talonador en sus tiempos mozos, y Bea Arrogante, ilustre jugadora de las Águilas de Toledo.
 

Tres horas y cuatro pintas más tarde había aprendido que el rugby es un deporte de quince contra quince que consta de tres tiempos: los dos primeros se juegan sobre hierba y el tercero en un bar. Gracias al rugby existen los fofisanos, las orejas de coliflor que germinan por la insólita costumbre de restregar la cabeza en las pantalonetas de los compañeros, y presumo que, en gran parte, el O´Briens.  Aparte de eso, avanzas el balón pasándolo con la mano siempre hacia atrás o dándole patadas siempre hacia delante, placas al contrario respetando su cuello, sueltas el balón si caes al suelo, te llevas cinco puntos si cruzas la línea de fondo, tres puntos si cuelas el balón de un patadón entre los palos de la portería… Más difícil es apreciar la elegancia y la caballerosidad bajo el bosque de cachalotes que las ocultan. Para eso está la cerveza. El espectador necesita una pinta en la mano para comprender las tácticas, las esquivas, la finura de un derribo, e incluso para entender el francés y el inglés que se utiliza para nombrar todos los lances del partido y las posiciones de los jugadores.

Después de estrechar etílicos lazos nacionales e internacionales, escuchar varios solos de gaita interpretados por un escocés con chaqueta y kilt, desear congratulations a todos los irlandeses presentes, y de estirar al máximo la paciencia de mis instructores, varié mi percepción del rugby. Eso sí, al día siguiente mi mente seguía sin entenderlo del todo, mi cuerpo no estaba para jugarlo, y ambos me gritaban que no abusase de los terceros tiempos.

 
MUJER
La Tribuna de Toledo. 3 de abril de 2018.


Se viste con unos pantalones ajustados, se calza zapatos con plataformas, se pone negro en los ojos y perfume en el cuello. El pelo liso recién lavado, el móvil en el bolsillo de atrás. Va de cumpleaños. Noche de chicas, dice. Camina insegura sobre la altura del calzado, baja las escaleras con un clic-clac y sale a la oscuridad de la calle. Tiene dieciséis sólo. O habría que decir que ya tiene dieciséis. Qué rápido ha pasado todo.
 
No hace tanto que nos dibujaba en un papel cuadriculado, primero la madre, después yo, luego ella y su hermano y su hermana; y éramos enormes a su lado, con nuestros pelos de garabato, el cuerpo frontal, todos sonrientes y una casa al lado con chimenea que nos llegaba a la altura de los hombros. No hace tanto que el cielo era marrón, la tierra azul y el agua amarilla. No hace tanto que el sol tenía una carita sonriente y las estrellas puntas afiladas en número par. Y yo me sentaba en su cama con un libro abierto y le contaba la historia del Pirata Pepe, que era alto y pelirrojo con pata de palo y parche en el ojo, o preguntábamos a todos los animales de la granja por el cordero que se había escondido muy bien jugando al escondite, o descubríamos la historia repetida noche tras noche del loro Oquendo que se desplumaba de tristeza lejos de su tierra, lejos de su amor.
Y pienso que ojalá la cosa le vaya bien, que no tenga problemas ahí fuera; que la unión de las amigas las convierta en un grupo fuerte con el que afrontar la realidad; que no se cruce con ninguna mala bestia, que vuelva tranquila a casa sin tener que preocuparse por quién camina a sus espaldas; que cuando se eche unos años más encima encuentre un trabajo de salario justo que le haga realizarse como persona; que conozca mundo y vea lo grande que puede llegar a ser; que encuentre a alguien especial y se traten bien, y la traten bien, y la traten muy bien. Y también pienso que aquellos cuentos de monstruos buenos y animales parlanchines estarán alojados en algún rincón de su cabeza, junto a las charlas en la mesa, el respeto, la igualdad, las normas de educación básica, los viajes por Europa, o el sentido común que tanto trabajo cuesta inculcar. Y lo último que pienso es que ahora sólo puedo cruzar los dedos y esperar.




 

EL CEREBRO SOBRE RUEDAS
La Tribuna de Toledo. 27 de marzo de 2018.

 Dicen que el aburrimiento es bueno, que la imaginación se nutre de él. Los niños se aburren mucho y por eso fabulan y se les ocurren todas las historias que luego plagiamos los escritores. El tedio noruego provocó que Nansen ideara un modo para conquistar el Polo Norte. Los pastores de cabras siempre han sido pobres de solemnidad salvo en lo tocante al tiempo, por eso hay tantos cuentos y romances de lobos y se cuentan ovejas para conjurar el sueño, y les da por fabricar morteros de raíz de olivo con la navaja de cortar el queso.
 
Lo de Stephen Hawking no tiene otra explicación. De acuerdo, lo primero es ser muy listo. Pero, cuando no estaba enfermo, Hawking era un tarambana que pensaba más en tumbarse a la bartola y apurar unos tragos que en sacar buenas notas en matemáticas. Él mismo dijo que lo bueno de la Física era que sólo tenías que tener una idea para convertirte en doctor. La inmovilidad progresiva le hizo renunciar a muchas cosas, pero mantuvo activa su vida sexual (dos esposas, tres hijos), su gusto por los licores y por las chuletas de cordero. Y, lo más importante, le hizo aburrirse como una ostra. Ese aburrimiento descomunal, espoleado por la conjunción de un cerebro sano y un cuerpo muerto, fue como el clembuterol en las piernas de un ciclista o el Big Bang universal: liberada de entretenimiento, la imaginación creció, se expandió sin nada que le pusiese freno y voló hasta salir de su habitación, de su casa, del planeta, y llegó sin grandes dificultades hasta el borde de un agujero negro y, una vez allí, no tuvo más remedio que echarle un vistazo dentro para ver qué es lo que pasaba.

De ese modo, con algunas ecuaciones y frases destacadas, Hawking se convirtió en un físico teórico brillante, que es algo así como ser el escritor de ciencia ficción al que todos premian porque sus ocurrencias son las más creíbles. Atrapado en su silla de ruedas, el aburrimiento alimentó su imaginación hasta convertirla en ciencia y la ciencia se transformó en espectáculo y elevó al hombre hasta la categoría del mito. El aburrimiento convirtió a Hawking en un viajero inmóvil del tiempo y del espacio, y quién sabe si su fracaso en unir la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica no se debe a sus pequeñas distracciones y divertimentos, como aparecer en Los Simpsons o probar la gravedad cero.



 

PESCADITO
La Tribuna de Toledo. 20 de marzo de 2018.

 
Estás tumbado en la cama, dormido, soñando que caes a un pozo sin fondo, a un vacío sin fin, y tus pulsaciones suben a la misma velocidad con que tu cuerpo se precipita en la oscuridad. Caes y caes y el terror hace que te despiertes con un golpe que no existe, desorientado, con el corazón en la boca amarga, la respiración agitada; y te giras hacia un lado y la ves: los ojos cerrados, los labios abiertos, el respirar suave, hermosa; y le pones un pie sobre el suyo para anclarte al mundo real, hasta tranquilizarte, hasta que el corazón vuelve a latir a un ritmo normal. Y entonces lo recuerdas todo, con el estómago vacío y la cabeza dolorida, y te levantas y desayunas con ella, y os vestís y salís a la calle donde espera el apoyo de la gente, de los amigos y de los desconocidos, de la Guardia Civil, de los voluntarios.

Y ella marcha delante, la melena alborotada, las piernas interminables, sujetando tus escombros con su porte, encabezando la búsqueda, cimbreando su cuerpo de pantera negra mientras irradia determinación y compromiso y sensibilidad. Y tú sólo te mueves por su movimiento, sólo caminas en su caminar, porque ella te da la mano y evita que te caigas, y tus piernas de algodón sólo te sostienen por la dulzura de sus besos y abrazos y de sus lágrimas de emoción. Y cuando acaba otro día tan interminable como fugaz, tan intenso como estéril, volvéis a casa a no comer, a miraros a los ojos, a comentar que seguro que mañana aparece, que cómo no va a aparecer, que no puede haber ido muy lejos con ocho años.

Así cada día hasta la docena. Después todo cambia y se resuelve para no tener sentido, y te cuentan que todo el tiempo fue ella, que no hay dudas, que no era un pozo sino un agujero pero no eras tú el que estaba dentro, y que lo sacó desnudo y envuelto en barro y lo cargó en tu coche para alejarlo aún más de ti. Es como aquella vieja historia del hombre que tenía dos pasiones: un gato de angora y una carpa de colores; y un día el gato, al que acariciaba su pelambrera mullida y cuyo ronroneo le hacía cosquillas en las rodillas, destripó al pez y lo metió dentro de las zapatillas de estar en casa.


 

FLEQUILLO
La Tribuna de Toledo. 13 de marzo de 2018.

 

Mientras que unos dicen que el tiempo es circular, como un rosco o la esfera de un reloj, otros sostienen que es una cuerda con sus dos cabos bien extendidos, un trasvase de arena entre dos senos de cristal, una piscina que se vacía por el sumidero del fondo. Si yo tuviera que decantarme por una imagen elegiría una cucurbitácea o un tubérculo deforme o un embutido amorfo, algo así como un botillo gordo e irregular, que lo mismo tiene un extremo grueso que un tramo más fino o protuberancias aquí y allá. 

Sucede que, cuando envejeces, los años de tu juventud parecen estar más cerca en la memoria y la semana pasada se encuentra a años luz; no sabes en qué has dilapidado los cuarenta, pero tienes bien grabado cada instante de los veinte. El paso del tiempo se refleja de forma cruel en el cuerpo, que es lo que ves cada día cuando te asomas al espejo, con cambios que tampoco son graduales: un día tu pelo es oscuro, otro día asoma una cana y al siguiente te saluda un desconocido que vive al otro lado del cristal y te entran unas ganas terribles de quemar todas las fotos viejas de la casa. Pero también hay otros efectos secundarios no tan llamativos. Como el del enfriamiento de la sangre.

Según se enfría la sangre, pasamos a ser más lagartos o tortugas que gorilas o chimpancés, y congelamos eso que los poetas llamaron pasión. La pasión sexual que recibe también el nombre de enamoramiento, la pasión por defender unas creencias que se llama también ideología, o la pasión por superar el estado vital en que te encuentras estancado y que se llama ambición. La pasión necesita de la ebullición de la sangre, ya sea para alcanzar el más benéfico de los fines o para cometer el más abyecto de los crímenes. Sin pasión no se entienden los nacionalismos, los actos heroicos, las agresiones, el amor, el terrorismo, la entrega, la destrucción, la creación. La pasión es la vida en su estado más crudo, pero su aletargamiento es reflexión, moderación, calma, raciocinio, disfrute de lo que se tiene, conservadurismo. La pregunta que me hago es cuál de los dos estados es el más cercano a la felicidad y, como mi percepción del tiempo es irregular, salto de uno al otro y no consigo encontrar la respuesta.

Hay que ver a lo que me ha conducido esta semana el cambio de peinado de Anna Gabriel.


 

HOJABLANCA
La Tribuna de Toledo. 6 de marzo de 2018.

 

Me gusta pensar que a algunos privilegiados la vida nos viene con un baúl vacío que vamos llenando con libros buenos y malos, emocionantes y aburridos, trágicos y cómicos. En lo más profundo del mío está aquella cartilla escolar con la que Charo me enseñó que las letras tenían sonidos dentro y me abrió las puertas de todo lo demás; y, muy seguido, los cuentos de Andersen y Grimm y los tebeos de la generación de Ibáñez, Escobar, Hergé, Goscinny, Gago, Vañó, Mora y Foster.

Algo más arriba se apelotonan los aventureros, de Conrad a Verne, de Twain a Stevenson, y la Colina de Watership y Alfanhuí y El Principito, como recuerdo de una edad dorada de libertad imaginativa, maravilla y sorpresa por el descubrimiento continuo. Después, los adustos clásicos, la fantasía de Pratchett, Orwell, Asimov, y algunos ladrillos filosóficos y políticos con los que edifiqué los muros de mi pensamiento y que, aunque amarillentos y manoseados, aún sirven de cimientos sobre los que sustentar mi carácter. Arrastro el peso de muchos libros inútiles, casi todos ellos de Historia y Arqueología que, a la larga, sólo me han servido para encontrar una forma infeliz de ganarme la vida. Y luego están los que me restañan las heridas y los arañazos, los que me sacan durante unas horas de la rutina (Lucía Berlin, Aldecoa, Camba) y me cepillan el polvo y el moho del cuerpo. Busco sin cesar esas dosis de bienestar y bálsamo con la ayuda de los amigos y, muy en especial, de los libreros.

Acostumbro a ir a las librerías como el jubilado va al médico. Ponme algo de Paasilinna, que ando depre; o de Ford, para templar la euforia; o de Nabokov, que necesito escuchar su música; dame a Leigh Fermor, que salgo de viaje —digo. Eso es algo que no puedo hacer en los supermercados virtuales. Hojablanca es una de las raras farmacias en las que he podido adquirir el antídoto contra el soma narcótico de Huxley durante décadas. Ahora, una extraordinaria carambola ha propiciado que algunos de los amigos con los que he intercambiado consejos, curas y recetas literarias releven a mis libreros de cabecera. A los que se han ido (Petri, Mila, Pilar, Demetrio), mi agradecimiento por esos treinta años. A los que han llegado (Elvira, Víctor, Rocío), mi deseo de poder agradecerles treinta años más. Allí estaré, cada vez que salga de la madriguera, echando libros en el baúl hasta que salten los remaches.


 

TUTI Y FORGES
La Tribuna de Toledo. 27 de febrero de 2018.

 

Le llamábamos Tuti. Era el hijo de Don Gerardo, el médico. Tenía un Madelman vestido de comando con el pelo cortado a cepillo, un Cinexin naranja con películas del ratón Mickey y del pato Donald, un Scalextric nuevecito y muchas cosas más que, de no ser por su amistad, yo sólo habría conocido por los anuncios navideños. También tenía un perro de raza dálmata que me arrancó el crucifijo de la Primera Comunión con una dentellada en el pecho. Vivía en una casa grande con una fuente invadida por sanguijuelillas rojas que culebreaban en el agua de la pileta y un patio donde experimentábamos con las probetas y los vasos de precipitado del Quimicefa, o nos calzábamos unos guantes de boxeo para simular los combates de Urtain, Perico Fernández o Alfredo Evangelista.

En tanto que hijo de médico, tenía acceso al mejor y más ancho esparadrapo del mercado, que utilizábamos para proporcionarles unas camisetas a nuestros equipos de chapas y garbanzo. La madre de Tuti me daba Nesquik con churros azucarados para merendar y nos dejaba tirarnos patas arriba en la alfombra del salón. Creo que también fue en aquella casa donde tuve acceso por primera vez a la “Historia de aquí” de Forges. Los recuerdos son algo movedizo, poco digno de fe, pero yo tengo la imagen emborronada de dos niños viendo la viñeta de un Don Favila narigón que se fundía en un abrazo con un oso.

Dicen que Forges se ha muerto del páncreas. Puede ser. Para mí la muerte de Forges es como el fin de la amistad con Tuti, a quien hace muchas décadas que perdí el rastro. Los amigos de verdad no necesitan contacto. Mientras yo siga recordando aquellas tardes de Nesquik, alfombra, partidos de chapas, boxeo, Madelman, Scalextric, Cinexin y Quimicefa, la férrea amistad con Tuti seguirá gozando de una salud excelente. Mientras tenga a mano una biblioteca en la que releer la “Historia de aquí”, una viñeta recortada y pegada con celo en el pasillo de la oficina, o un archivo sonoro con alguna de las intervenciones radiofónicas del maestro Forges, el genio seguirá vivo. Cómo se va a haber acabado la amistad con Tuti si sólo hace treinta años que no hablamos; cómo se va a haber muerto Forges si me sigo riendo con cualquiera de sus doscientos cincuenta mil dibujos, si de vez en cuando se me escapa un “gensanta” cuando tomo churros con azúcar.


 

MALDITO FUENTES
La Tribuna de Toledo. 20 de febrero de 2018.

 

El escritor, a falta de cosas como un sueldo holgado y tres comidas calientes, vive del ego. Si el escritor es bueno, el ego es grande; si el escritor es mediocre, el ego es inmenso. Digamos que de algo tiene que llenar el cuerpo. Yo todos los martes madrugo, aparco el coche delante del estanco y, mientras tres o cuatro parroquianos sacian su vicio de tabaco, compro el periódico y veo si han publicado esta columna y así me inflo de ego y me ahorro el desayuno.

Una vez que veo que mi texto está ahí, que lo que parí sin dolor en la butaca de casa ahora es patrimonio del que le apetezca, alcanzo el tope de egolatría y el resto del día es un lento desinfle, como si me hubiese dejado la espita del gas abierta. Tras dos o tres horas ya sé que casi nadie ha leído mi creación, esas frases mimadas hasta el aburrimiento, esos sinónimos idóneos, esa tonadilla que me he encargado de componer con la colocación de los signos de puntuación, las erres, las eses o el revirado de un verbo. A la hora de comer llego a casa con el ego fofo, suelto el periódico sobre la mesa del salón como acostumbraba a hacer el gato de mi suegra con un ratón descabezado o un verderón con los intestinos por fuera, y me quedo mirando a la ofrenda, a la espera de que mi mujer la coja y la aprecie como es debido porque, digan lo que digan, los escritores no escribimos para los extraños a quienes no podemos pintar una cara ni imaginar en sus casas o retretes dando cuenta de nuestras genialidades. No, lo que hacemos es escribir para los conocidos con el fin de que nos reconozcan y nos den un palmeo tras las orejas y unas palabras de ánimo, porque sentimos que la aguja de medición de egos está entrando en la zona roja de reserva y aún no son ni las tres de la tarde.

Y llega el momento en que la curiosidad vence a la pantalla del móvil, y ella coge el papel y lo lee impávida, y liquida el trámite con un “mubonito”, y pasa a degustar al autor que escribe en la trasera de mi hoja y que siempre es Jesús Fuentes. Y cuando nos juntamos con los amigos, más aún si es esa misma noche, comenta: “¡Pero qué bueno era el artículo de Fuentes en La Tribuna!”


 

LA BELLA DURMIENTE
La Tribuna de Toledo. 13 de febrero de 2018.

 

María Poliudova vive en una caja de música como los vampiros en sus ataúdes o los taxistas en sus coches. Cuando alguien levanta la tapa, o abre el telón, tanto da, un resorte oculto despliega su minúscula figura, sus bracitos de sarmiento, sus piernecitas de cable que se reúnen en un glúteo fantasma bajo el tutú, su busto tableado con pechos de botón, y gira y gira sobre la punta de un pie, al son de la música de La Bella Durmiente de Piotr Chaikovsky, con una sonrisa que no se apaga.

La bailarina se alimenta de aplausos, melodía y aire; no hace ruido al caminar, ni al saltar, no se adivina esfuerzo en sus piruetas y se diría que una tenue ráfaga de viento, apenas los soplidos conjuntados de la primera fila de butacas, bastaría para hacerla levitar por el paraíso de las bambalinas. A su alrededor hay otras bailarinas esforzadas que dan materia al espectáculo y bailarines de piernas potentes y traseros pétreos dibujados por una segunda piel de mallas blancas. Visto por separado, todo el elenco del ballet de San Petersburgo es muy bueno. Las hadas del cuento danzan con gracia y acompasan sus manos para que parezcan mieses agitadas por el mismo viento, o regalan giros que envuelven al espectador. El príncipe es un atleta de muelles engrasados y tensos, con una fuerza que se proyecta varios metros adelante. Pero, cuando María sale, sólo hay ojos para sus movimientos, y olvidas que estás sentado en un teatro, que hay gente a tu alrededor, que hay decorado y hadas y reyes y un príncipe y hasta una bruja. Olvidas todo menos la música que anima ese cuerpecillo de mujer que se negó a crecer, que renunció a curvarse en las caderas y en los senos, a rellenar los huesos con algo más que tendones de acero y músculos de gorrión, a ser bello por aspecto, para alcanzar la maestría de su arte.

María Poliudova es una muñeca de baile perfecta que concentra todo su ser en el equilibrio de la punta de un pie, un pie atornillado al suelo de la caja de música del auditorio, y da vueltas y vueltas y no recuerdas que es de verdad, que es una mujer completa, que estás viendo una función rusa, que hay gravedad y otras fuerzas físicas, y llega un momento en el que comprendes que la música de Chaikowsky no sale de un disco sino del interior de esa figura irreal hecha a sí misma para hacernos disfrutar.


 

CATETO
La Tribuna de Toledo. 6 de febrero de 2018.

 

Cateto1 (del latín cathĕtus, y éste del griego káthetos 'perpendicular'). 1. Cada uno de los dos lados que forman el ángulo recto en un triángulo rectángulo.

Cateto2, ta (de origen incierto). 1. Dicho de una persona: Pueblerina o palurda. 2. Propio o característico de la persona cateta. 3. Tosco o vulgar.

Esas son las definiciones del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. En lo que respecta a la primera acepción, no creo que queden muchas dudas. Si usted coge un tranchete de queso y lo corta en diagonal obtendrá dos triángulos rectángulos, cuatro catetos y dos hipotenusas. Por si no queda clara la segunda, voy a poner unos ejemplos: alicatar con azulejos de cocina la fachada de nuestra casa es cateto, los calcetines blancos con mocasines negros son de catetos, los pantalones subidos hasta las tetillas son catetos, un bocadillo de garbanzos es cateto, la programación de la televisión regional es cateta, pintar persianas de comercios con espray creyendo que es arte es cateto, pagar a arquitectos para que conviertan el pavimento de la ciudad en un batiburrillo de experimentos es cateto, colgar un cable de lado a lado del río para que la gente se tire y pegue grititos es cateto, abarrotar las calles y achicar las plazas con marquesinas de bar es cateto, atornillar lonas gigantes a un monumento para anunciar una exposición es cateto, considerar a las palomas como especie protegida es cateto, proyectar la bandera de España o cualquier otro símbolo con focos de luces led de última generación en una plaza pública es cateto, iluminar con tonos rosas/púrpuras/verdes y demás pantonera zafia un edificio histórico es cateto, dedicarle tiempo a la pintura que debe distinguir a los autobuses urbanos para acabar pintándolos de magenta es cateto, las farolas fernandinas son muy catetas, inundar un conjunto histórico con tiendas de chatarra turística es cateto, pensar que un parque de espectáculos francés derramará doblones de oro sobre nuestras cabezas es de catetos.

Talar olmos enfermos y sanos porque lo recomendable es plantar almeces no sé si es cateto o solamente doloroso. Restringir la movilidad de los residentes en el Casco, obligarnos a comulgar con la ausencia de contenedores de basura, permitir que los autocares turísticos bloqueen el entorno de Bisagra cada fin de semana o solventar el 30 aniversario de la Declaración de Patrimonio de la Humanidad de Toledo con más proyecciones de lucecitas no es cateto, es tomarnos a todos por catetos.


 

QUE SUENEN LOS NOMBRES
La Tribuna de Toledo. 30 de enero de 2018.

 

Uno era cazador. Otro hacía cacharros de barro. Los otros dos no sé a qué se dedicaban. Los cuatro eran gente de pueblo con río, de poco dinero, de placeres sencillos y escasas letras que sólo sabían lo que estaba bien y lo que estaba mal, que debían defender sus ideales a toda costa porque eran justos, lo que, hoy en día, los convierte en una rareza. Por eso dejaron atrás sus casas, sus familias, sus pertenencias, todo lo que enraíza a un hombre en un lugar y casi todo en lo que cimienta su felicidad. Y rompieron sus estrechos límites con el único empuje de la certeza de que lo que hacían era lo correcto, de que tenían el mal enfrente y ellos eran el escudo humano encargado de frenarlo. Y como no estoy contando ninguna película, no hubo final feliz y perdieron todas las batallas: la armada, la de la dignidad, la de la supervivencia, la del recuerdo.

Atravesaron los Pirineos huyendo de la victoria de un ejército golpista; fueron recluidos en un campo de concentración en las playas del Rosellón por los franceses; se alistaron en una Compañía de Trabajadores para escapar del tifus y del hambre; cavaron zanjas e hicieron pasta de hormigón en la Línea Maginot; fueron internados por los nazis en un campo de prisioneros en Épinal; trasladados al campo polaco de Zagan, y luego al alemán de Triers, y luego al austríaco de Mauthausen, y luego al campo satélite de Gusen, donde murieron tres de los cuatro, y el que quedó fue gaseado en el castillo de Hartheim.

De toda aquella historia quedó una pensión alemana o francesa a las viudas, una pregunta sin resolver en las familias, un silencio en las cenas, un antifaz en la escuela, un afán de olvido en una nación. Ni siquiera un lugar al que llevar flores. Miles de españoles murieron en campos nazis repartidos por media Europa por haber defendido sus ideas antifascistas en su país de origen. No podemos devolverlos a la vida, ni convertir sus derrotas pasadas en victorias a excepción de una: la de la memoria. Hay demasiados nombres que aguardan a que alguien los pronuncie. En la ciudad de Toledo, desde 2014, hay un monolito con los nombres de nueve víctimas de los nazis. Una vez al año, el 27 de enero, esos nombres se leen en alto. Ese día acostumbro a hablar de Hipólito, uno de aquellos cuatro (con Benito Morales, Marcos Abad y Eulalio Espejel), el cazador, mi abuelo.


 

MAZINGER Z (¡AL FIN!)
La Tribuna de Toledo. 23 de enero de 2018.

 

Descarté la idea de llevar una camiseta alusiva por no parecer demasiado friki, pero tuve muy claro que esa película se merecía un Bony o un Tigretón, incluso ambos. Pocas veces tengo la ocasión de ir a ver un estreno que alguien a miles de kilómetros, en los estudios que dieron vida a Los Caballeros del Zodiaco, parece haber dibujado pensando en mí. En la sala, Mínguez, el campeón imbatido de ingesta de empanadillas del Castillo de San Servando y dos de sus hijos. Mazinger Z ha vuelto, señoras y señores, niños que fuisteis en los setenta, vosotros que aún podéis cantar sin el menor atisbo de duda la versión española del inicio de los capítulos que se pasaron por televisión: “El poder, la verdad, Koji puede controlar, y con él, su robot, Maziiiinger…” Nuestra comunidad oculta, nuestra Hermandad de Kabuto, está de enhorabuena.

Que nadie se llame a engaño, esta es una película dirigida a los que hoy somos padres para que les demos el tostón a unos hijos que en la vida se engancharán a Mazinger Z. A esos chavales les falta mucho bocadillo de foie gras La Piara, mucho balón en plazas de tierra, muchos álbumes de cromos de yogur, una barbaridad de entrenamiento en bicicleta, mil mataduras en los codos y en las rodillas; y les sobran todas las cadenas de televisión (salvo dos) y todas las plataformas digitales y terminales móviles. Por eso doy las gracias a los japoneses que han creado una película que es un recauchutado de todos los episodios ya vistos cuarenta años atrás. No falta casi nada (Afrodita y sus pechos, sí): el planeador abajo, la minifalda de Sayaka, el crujido metálico y neumático de las articulaciones robóticas, las melenas blancas en perpetuo movimiento del Doctor Infierno y la doble voz del hermafrodita Barón Ashler.

Pero lo mejor es que todo está dibujado con la misma escasez de recursos, un monumento a los fotogramas detenidos o repetidos para abaratar costes mientras el segundero corre. Seguro que la película no resiste el análisis de un chaval de doce años, pero da igual: el público que se gastará el dinero en la taquilla está a años luz en edad, tipo de educación y esquemas mentales de esos imberbes. Una película de dibujos que busca las cenizas nostálgicas de una generación que se aferra a un puñado de cosas para sentir que fue especial. A eso le llamo yo innovación. Quedo a la espera de Orzowei.


 



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